Sucedió una tarde de Octubre. Los padres de Andrea llegaban de Australia para el matrimonio de mi cuñada y para celebrarlo los novios invitaban a un asado en su departamento. Andrea aprovecharía de presentarme formalmente a su familia.
-Por favor Felipe, que no se te ocurra contarle a mis padres que eres un payaso- me advirtió en el auto camino al encuentro.
-¿Pero por qué? Podría caerles en gracia con alguna de mis bromas-repliqué.
-Felipe te lo ruego, si realmente me amas invéntales que eres arquitecto, sicólogo, no sé. Cualquier cosa menos abogado. El novio de la Susana lo es y podría pillarte.
Salimos de Apoquindo y nos internamos en barrios muy bonitos. Llegamos al moderno edificio de El Golf donde los novios habían establecido su primer hogar, un edificio moderno y carísimo donde seguramente tendrían futbolistas y gente de la tele como vecinos.
-Puedes decirles que soy un artista circense- le propuse antes de bajarnos del auto.
-Y eso qué es- preguntó ella retocándose frente al espejo.
-Es lo mismo que un payaso, pero a los cursis de tu familia esa diferencia de nombre podría significarles algo.
Andrea no contestó.
Subimos al piso 23. Los novios nos esperaban tomados de la mano y sonrientes a la salida del ascensor.
-Tú debes ser Felipe, al fin nos conocemos- me dijo Susana con un apretado abrazo.
-Quiubo- dijo amablemente Eduardo, el novio, tendiéndonos la mano.
Enfilamos hacia el departamento. Eduardo se excusó por los materiales de construcción que aún permanecían esparcidos por el pasillo. Son los inconvenientes de comprar en verde, explicó. Llegamos y Andrea corrió a abrazar a sus padres.
-Bueno mamá y papá, les presento a mi novio, el arquitecto Felipe Peralta.
-Hola-saludé.
Los padres de Andrea eran unos viejos de mierda que se creían algo así como los condes de Sidney. Hace 20 años se embarcaron con lo puesto rumbo a Oceanía y allá les había ido relativamente bien, lo suficiente como para llevar una vida cómoda, pagar las carreras universitarias de sus hijas y empaparlas del mundo al que aspira todo esnob. Durante la velada no hicieron más que quejarse de Chile: esta ciudad sigue igual, todo tan sucio, tan tercermundista, la gente fea. Después de escucharlos recordé a Lihn y su Nunca salí del horroroso Chile.
Eduardo los tranquilizó hablándoles del nuevo gobierno y de cómo este país recobraría sus altas expectativas de crecimiento gracias al background académico de sus nuevos gobernantes.
-¿No lo crees así, Felipe? ¿De qué manera se ha reflejado ésto en el rubro inmobiliario? Por favor no consideres el terremoto en tu análisis- me interpeló el novio y todos aguardaron en silencio mi respuesta.
-Ha estado súper- respondí y bebí de un trago mi copa de vino. El silencio persistió tenso hasta que finalmente Andrea preguntó: ¿Quién quiere postre?
Salí a fumar al balcón. Advertí que el edificio estaba tan nuevo que aún quedaban algunos cables anclados a la torre del lado. Uno de ellos salía justo desde esa terraza. Ésta es la mía, pensé. Mi suegra contemplaba maravillada los bonsáis de Eduardo. Me apagué el cigarrillo en la lengua le pedí que invitara a todos al balcón.
-Les tengo preparada una sorpresa-le dije guiñándole el ojo.
Salí al pasillo a buscar un tubo de PVC. Andrea iba detrás mío preguntándome qué demonios iba a hacer. Algo que hará que tus padres me adoren, respondí. En el balcón la familia aguardaba sosteniendo sus copas. Hábilmente traspasé la baranda y me monté en el cable. Lo tantee hasta asegurarme de que estaba lo suficientemente tenso como para soportar mi peso. Todos quedaron boquiabiertos al verme avanzar sobre el vacío. Los vecinos salían a sus terrazas y en cosa de minutos tenía a todo el edificio y a un corro de transeúntes allá abajo pendientes de mi acto.
-¡Qué me dice suegrita!- le grité a la vieja que miraba aterrada abrazada a Andrea- ¡Seguro que jamás esperó algo como ésto! ¿Y qué me dice usted suegrito, no creerá que también le iba a salir con mariconadas como cultivar bonsáis?
Andrea tiritaba de rabia.
A pesar de mi desfachatez me sentía algo nervioso. Las seis copas de vino del almuerzo me tenían un poco adormilado. Una brisa fresca me puso alerta.
De ahí en adelante todo fue blanco.